“La escritora”, camiseta ilustrada

camiseta blanca motado

Es tiempo de playa y libros, de extender la toalla en la arena y gozar de atardeceres largos como novelas. Es la hora de ponerse esta camiseta, un homenaje que en Mitad Doble hacemos a las escritoras.

camiseta rosa negra

Diseñada por la artista malagueña Aintzane Cruceta, te ofrecemos en una serie limitada esta camiseta, estampada en serigrafía y disponible en varios colores y tallas.

camiseta gris negra

Camiseta “Escritora”
Precio: 10 € camiseta adulto / 8 € camiseta infantil
[gastos de envío: 1 € (España)}

Colores
– Camiseta blanca con dibujo en negro [disponible tallas mujer, hombre, infantil]
– Camiseta blanca con dibujo en morado [disponible tallas mujer, hombre, infantil]
– Camiseta rosa con dibujo en negro [disponible tallas mujer]
– Camiseta gris con dibujo en morado [disponible tallas hombre]

Tallas mujer:

S [40cm/58cm]
M [43cm/62cm]
L [46cm/64cm]
XL [49cm/66cm]
XXL [52cm/68cm]

Tallas hombre:

S [48cm/69cm]
M [50cm/71cm]
L [54cm/73cm]
XL [58cm/75cm]
XXL [62cm/77cm]
XXXL [66cm/79cm]
XXXXL [70cm/81cm]

Tallas infantil:

3/4 [32cm/45cm]
5/6 [35cm/49cm]
7/8 [39cm/53cm]
9/10 [43cm/57cm]
11/12 [46cm/61cm]

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Cabellos sagrados

Ilustración Aintzane Cruceta

Los días que algún profesor enfermaba, nos enviaban a clase para sustituirlo a un hombre mayor al que acogían en el edificio. Se trataba de un gigante de anchos hombros que se movía de una manera extraña, muy despacio, como si la gran masa de su cuerpo se fuera a desmoronar en cualquier momento sobre los pupitres. Llamaba mucho la atención el continuo temblor en su mano derecha –con el paso de los años he supuesto que padecía de párkinson–, que se llevaba regularmente a la boca como queriéndosela limpiar de unos desperdicios inexistentes. Lo mejor de este personaje, al que llamábamos el viejecito Frankenstein, eran las historias que contaba. Nos reíamos de él nada más verlo atravesar el umbral de la puerta, pero cuando comenzaba a hablar sus palabras nos encandilaban de tal modo que se hacía el silencio entre nosotros. Aún me parece estar contemplándolo mientras nos contaba la historia de Sansón. Con su traje oscuro a rayas, aunque el día fuese caluroso, de pie, ante su joven auditorio, Frankenstein se acariciaba el mentón con la mano temblona, mientras la dentadura postiza parecía querer salírsele de la boca con cada una de sus palabras. El momento culminante llegaba cuando Sansón descubría su secreto a su esposa Dalila: “Mi fuerza está en los cabellos”. Entonces elevaba su mano y se acariciaba ceremoniosamente la cabellera blanca con la convicción de un actor que estuviera interpretando al personaje bíblico.

La historia de Sansón y Dalila es una narración perversa, llena de maldad y asesinatos, como muchas del Antiguo Testamento. Frankenstein siempre nos decía, como colofón del relato, que debíamos aprender a desconfiar de las mujeres, objeto de perdición. El hecho de que la mitad femenina del alumnado lo mirara con una mezcla de asombro y vergüenza no parecía refrenarlo, más bien le animaba a redoblar sus ataques contra el sexo impuro. A esas alturas se había formado tal escándalo en la clase que tenía que subir el director a poner orden. Con el tiempo, he reflexionado acerca de esta enseñanza. Me impresionaba mucho que una cabellera otorgara esa fuerza extraordinaria, pero es que Sansón se definía a sí mismo como nazir. Los nazires gozaban de una vinculación especial con el Altísimo. Su cabello, que no debían cortarse nunca, era la señal de su santidad, lo que les unía a Dios. Sansón no era más que otro peón de la eterna intervención de Dios en los asuntos humanos para marear infinitamente a su pueblo elegido. Dalila, por supuesto, quedaba en la misma posición, así como los filisteos, verdugos y víctimas a la vez en una sola página de este libro interminable, que el Creador nunca ha dejado de escribir.

Cuando llegué a la adolescencia me sucedieron dos hechos notables: me enamoré de una chica pelirroja y, previendo lo peor, quise acercarme a Dios apuntándome a una cofradía. Hacía ya años que mis padres me llevaban a ver la popular procesión de mi barrio. Me gustaba la seriedad de los nazarenos dentro de sus trajes. Nunca sonreían, porque estaban haciendo penitencia, y la penitencia era buena para limpiar el alma de malos deseos. Pero esta festividad caía siempre en primavera y no pude evitar rendirme a los encantos de la muchacha, cuyos cabellos olían a cerezas maduras. Una tarde nos besamos y esa noche yo no pude dormir, aterrado por la posibilidad de ir a parar al infierno. Podía escuchar a mi viejo profesor sustituto susurrándome al oído que las pelirrojas son las peores, las enviadas del diablo. Al día siguiente, buscando olvidarme de ella a la desesperada, me presenté a solas ante el Cristo que veneraba mi cofradía. Nunca había ido a contemplarlo en la intimidad, siempre lo había conocido en los esplendores de su trono, entre saetas y veneración popular.

Lo peculiar de este Señor era su cabellera, oscurísima, que no estaba tallada en madera, como era lo habitual. Sus pelos, peinados en largos tirabuzones, eran de origen natural: habían sido donados por una beata del barrio que murió joven y en olor de santidad. Su último deseo había sido que su cuidada cabellera, su única concesión a la vanidad en una vida consagrada a las privaciones, siguiera viva en la cabeza de su Cristo amado. Cuando falleció, después de una larga y penosa enfermedad, un afamado equipo médico llevó a cabo el difícil trasplante. La intervención fue un éxito y la fama del Cristo, que ahora lucía impresionante y más vivo que nunca, trascendió fronteras. A su paso cada año en la procesión del barrio, los fieles se arrancaban secciones de cabello y las lanzaban a la imagen como ofrenda. Su oratorio estaba repleto de exvotos de calvos y tiñosos de todo el mundo a los que les había vuelto a salir vigorosamente el pelo gracias a su intercesión. Como prueba del milagro, enviaban mechones de su nueva y vigorosa melena para ser exhibidos en el altar junto a su Cristo. En cualquier caso, mirándola de cerca, la santa faz me pareció algo apagada, como si la talla estuviera cansada de tanta velluda veneración y solo anhelara un poco de sosiego. Le pedí con vehemencia que mis pasiones se dirigieran a él en exclusiva a partir de ese momento. A cambio, yo prometí consagrar todo mi tiempo libre a la cofradía. Aquello no funcionó: mis tormentosos amores con la pelirroja siguieron su curso, en un continuo tira y afloja en el que yo volvía continuamente al seno de la santa madre iglesia para enseguida ser tentado de nuevo por los labios ardientes y pecaminosos de aquella muchacha.

Un día Satanás debió inspirarla, porque me pidió una prueba de amor definitivo, algo que conjugara mi amor al Cristo del barrio con mi pasión por ella. Se cortó un mechón de sus hermosos cabellos y me pidió que lo llevara a la capilla. Pero no para colocarlo allí como exvoto, lo cual ya era suficientemente obsceno, sino que me exigió que me quedara de nuevo a solas con la imagen y los mezclara con la milagrosa cabellera de la beata que adornaba la cabeza del Cristo. Ella estaba convencida de que esa acción le otorgaría poderes especiales, como había sucedido con Sansón en su día. Al principio me resistí, pero una amenazante mirada de sus ojos azules me convenció de que no me quedaba otra alternativa que obedecerla.

No esperé demasiado para cumplir los deseos de mi dama. Me acerqué a la capilla con manos temblonas, como si estuvieran poseídas por el espíritu de Frankenstein. El Cristo seguía allí, con la mirada indiferente de siempre. Quizá no le importara lucir unas mechas en la siguiente salida procesional, quizá la acción que estaba a punto de emprender no resultara tan pecaminosa. Lo que sucedió a continuación aún me sigue avergonzando y la escena todavía se me representa ocasionalmente en pesadillas: me moví con tanto ímpetu, por acabar cuanto antes, que tropecé con el escalón de acceso a la capilla y me precipité sin remedio sobre la sagrada talla, provocando un estruendo impresionante. El sacerdote y los fieles que entraron a continuación me encontraron abrazado al Cristo, entre una lluvia de pelos de un intenso color carmesí.

A partir de ese momento, para mi eterna deshonra, en la parroquia comenzó un tiempo de tribulación. La talla tuvo que ser enviada de nuevo urgentemente al hospital, y se informó en un escueto comunicado que había sufrido diversas heridas de pronóstico reservado. En cuanto a mí, renuncié a mi derecho a un proceso canónico y acepté mi expulsión de la cofradía a través de una ceremonia infamante en presencia de toda la congregación, en la que se me cortó hasta el último de mis cabellos para ser sometidos a la hoguera. Nunca han vuelto a crecerme.

A mi amiga pelirroja jamás volví a verla. Desapareció con las últimas lluvias del otoño.

Miguel Ángel Jiménez Guerra

(Nota: Este texto es la versión íntegra del relato publicado en el número 15 de la revista Mitad Doble. Texto de Miguel Ángel Jiménez Guerra, ilustración de Aintzane Cruceta).