Entrevista a Laura Naranjo, colaboradora de Mitad Doble

Tras la reciente presentación del último número de Mitad Doble, rescatamos la entrevista que Victoria deLaney, alumna en prácticas del Dickinson College, hizo a Laura Naranjo, autora de todos los haikus que introducen y cierran la revista, signo distintivo que enriquece la experiencia del lector de nuestra publicación más veterana.

Laura y Noor Post

Victoria: ¿Desde cuándo escribes haikus y cómo los descubriste?
Laura: Escribo haikus desde que estudiaba el máster de Traducción Literaria de la Universidad de Málaga, donde la poeta Aurora Luque nos impartió un taller. Con ella aprendimos lo más básico, las reglas y la esencia del haiku, y yo vi que me encantaba aquel proceso de composición, que era como un juego, y así lo sigo viendo.

V: ¿Cuánto tiempo te lleva escribir un haiku?
L: Depende mucho de la carga de trabajo que tenga esos días (me dedico a la traducción literaria), y a veces no es fácil desconectar. Hay ocasiones en que voy dándole vueltas a la idea a lo largo de una semana más o menos y otras en que me pongo y en un ratito surge algo interesante.

V: ¿Qué es lo más difícil y lo más fácil a la hora de escribirlos?
L: Yo intento ver el proceso de creación como un juego. No soy nada ortodoxa y muchas veces juego demasiado y me salto las reglas, pero para mí es esencial divertirme haciéndolo, jugar con las palabras y con las ideas.

V: ¿El haiku es tu estilo preferido de poesía?
L: Es la única que escribo, aunque me encanta la poesía en general. Pero me fascina ese poder del haiku para reflejar una idea o una imagen de una manera tan concisa y a la vez tan elocuente.

V: ¿Escribes haikus como profesión o como afición?
L: Solo como afición. Aunque alguna vez he tenido que traducir alguno que salía en un libro que estaba traduciendo en esos momentos. Cuando sale un poemita en una traducción siempre es un reto y hay que tomárselo muy en serio, no basta con hacer una traducción literal.

V: ¿Utilizas otros estilos de escritura además de los haikus? ¿Cuáles?
L: Me gusta mucho escribir. Escribo relato corto y alguna vez me gustaría ponerme en serio con una novela.

V: Respecto a la publicación de tus trabajos en Mitad Doble, ¿cómo entras en contacto con la revista? ¿Desde cuándo colaboras con ella?
L: Entré en contacto con Mitad Doble en un momento muy importante de mi vida. Fue hace ya algunos años y había tomado la decisión de dejar un trabajo estable y bien remunerado para dedicarme a mi vocación, a lo que yo quería hacer en la vida, que era traducir y escribir, aunque sabía que el camino no iba a ser fácil. Así que me decidí a probar suerte enviándoles algunos de mis escritos. Como comentaba, era un momento crucial para mí porque necesitaba demostrarme a mí misma que podía dedicarme a esto, que valía para ello. Y gracias a que a Augusto le gustaron mis haikus, aquí sigo. Justo por aquel entonces, además, me empezaron a salir trabajos de traducción y todo fue encajando de algún modo.

V: ¿Qué valoración harías de tu colaboración con Mitad Doble?
L: Me encanta colaborar con la revista. Es un placer para mí poder formar parte de un equipo con tanto talento y creatividad y les agradezco enormemente su confianza.

V: ¿Qué significa esta publicación para ti?
L: Como decía antes, significa mucho a nivel personal. Es mi punto de unión con lo que se hace en Málaga a nivel cultural y creativo. Además, me encanta su carácter multidisciplinar, que puedas encontrarte poesía con fotografía, cómic, teatro, relato y mil cosas más en un espacio tan breve. ¡Es como un huracán que no te deja indiferente!

Entrevista a Dani Garralón, ilustrador

Con motivo de la publicación del último número de nuestra revista, rescatamos la entrevista que Victoria deLaney, alumna en prácticas del Dickinson College, hizo a Dani Garralón, gran ilustrador y artífice de algunas de las primeras portadas de Mitad Doble y Juglar.

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Ilustración de Dani Garralón para Mitad Doble 16, “Cuentos clásicos”

Victoria: ¿Desde cuándo haces ilustraciones?
Daniel: Pues dicen que desde antes de empezar hablar. (Ríe). Que cogí el lápiz muy chico, iba con el lápiz a todas las paredes y pintaba… Todavía las garabateo. (Ríe).

V: ¿Estudiaste ilustración en el colegio, el instituto, la universidad…?
D: Estudié, sí. En la escuela de Arte de aquí, en Artes Plásticas. Primero estuve en el instituto un montón de años y luego en una escuela de Arte y ya está. (Ríe). Los estudios allí eran de Diseño Gráfico. Bueno, tengo una titulación extraña, es un título de dibujante publicitario.

V: ¿Es tu profesión o solo una afición?
D: Es una enfermedad, ya no lo sé. (Ríe). Hice del dibujo mi profesión, es mi profesión un rato, pero también es una afición, un poco de todo. Lo que ocurre con la ilustración es que, realmente, tiene poco mercado o poca práctica. He publicado en Mitad Doble, como ya sabéis.

V: ¿Has publicado en otro sitio también?
D: He publicado en El Batracio Amarillo y ya está. Es que el dibujo consume mucha energía y por eso lo enfoco solamente en algunas revistas.

V: ¿Cuántas horas tardas normalmente en hacer un dibujo?
D: Depende del tipo de dibujo del que hablemos. Desde cuatro o cinco horas a varios días.

V: Tu estilo tiene variedad, desde cómics a dibujos realistas. ¿Tienes un estilo preferido?
D: Yo peleaba con eso. Parece que no tengo preferencias, pero me cuesta definirme con eso, con un estilo concreto, tanto por los editores como por mí mismo. Por dar una definición, soy un artista naturalista, realista, figurativo y tradicional, un poco de todo. (Ríe). Pero creo que mi estilo está todavía desarrollándose; por ejemplo, ahora estoy tomando clases de pintura.

V: ¿Cúal es tu proceso artístico? ¿Cómo eliges los elementos que vas a captar de una historia?
D: En general, está el proceso de tener una idea, hacer un pequeño borrador, después se dan cinco pasos (teóricamente) con lápiz y finalmente, se entinta. Cómo elijo… Hay un momento en que necesitas decidir qué vas a hacer, un dibujo con más líneas, más realista o un dibujo sin encuadrarlo o lo que sea. Cada uno es distinto, es una experiencia diferente cada vez que tengo un texto delante. Es difícil pero es bonito. Cuando se está en contacto con el autor se le puede preguntar qué elementos le parecen los más importantes, si le gusta o no le gusta una imagen. Pero, si solo se tiene el texto, no puedo decir qué da inspiración a un dibujo, es un proceso diferente. Hay veces en que leo un texto y pienso en varias ideas, pero después de leerlo con más profundidad esas ideas pueden cambiar.

V: ¿Y qué pasa si un dibujo no sale?
D: Dibujo otro. (Ríe). El proceso de dibujo mantiene y desarrolla la creatividad mientras estés productivo.

collage D. Garralón

Algunas de las primeras portadas, de Dani Garralón

V: ¿Cuándo descubriste Mitad Doble? ¿Cómo?
D: Pfffuuu, ¿Mitad Doble como Mitad Doble? Empezó como Juglar. Yo conocí a Augusto hace un montón de años, primero con la revista Malacara. Luego, cuando Augusto empezó a sacar la revista Juglar, yo estaba preparando las oposiciones de Correos, él me preguntó si quería hacer un proyecto juntos, y nada, me incorporó. Pero Mitad Doble es un poquito más complejo porque, en muchos aspectos, sigue la trayectoria de vida de Augusto y la mía.

V: Colaboras con Mitad Doble durante ocho ediciones. ¿Has notado una evolución en este tiempo?
D: Sí, ha evolucionado mucho. (Pausa).

V: ¿Para bien o para mal? (Ríe).
D: Mitad Doble ha evolucionado mucho, pero sigue manteniendo su lado embrionario, su gente, es muy simple. Y que ahora haga la edición Amor de Pablo es un honor y un orgullo. (Ríe). En serio, porque se ha puesto mucho en el proyecto de Mitad Doble a nivel personal, como Augusto, como Amor, como yo. Y ver que a la gente le gusta eso y que son capaces de implicar a otras personas con un concepto así, pues da mucha alegría. Es interesante porque es algo vivo.

V: ¿Cómo valoras tu experiencia con Mitad Doble? ¿Qué significa Mitad Doble para ti?
D: Mitad Doble para mí fue una experiencia muy positiva en todos los sentidos, y yo me considero una parte de Mitad Doble. (Ríe). La recomiendo. (Ríe). Enriquece mucho. El valor es incalculable. ¿Y qué significa para mí? Bueno, Mitad Doble es una publicación a donde puedes escaparte. Ahora, técnicamente, para mí es una muestra, un escaparate donde mostrar a los artistas mientras decidimos nuestro estilo o no. Es un soporte… para que todos sean dibujantes. (Ríe). Pero en serio, es un soporte para los artistas. Creo que tampoco pretende ser otra cosa, ni un momento cultural ni nada parecido. Creo que es eso.

Entrevista a Augusto López

Augusto PostReferente cultural, escritor, monitor de talleres de escritura, editor, fundador de Mitad Doble: todo eso y un largo etcétera es Augusto López. No podemos obviar que nuestro compañero más veterano es la piedra angular desde la que fluyen nuestras ideas. Ahora estrena nueva obra literaria con los fotógrafos Carlos Bolívar y Sandra Lara, Pequeña enciclopedia de suspiros. Es por ello que rescatamos la entrevista en la que Victoria deLaney, alumna del Dickinson College en prácticas, profundizaba en su faceta de director de nuestra revista.

Victoria: Muchas de tus obras son series, y series ilustradas. ¿Por qué pones ilustraciones en tus historias?
Augusto: Me atrae mucho el intercambio de ideas que se produce entre texto e ilustración, ambos se enriquecen de forma mutua. La ilustración da al texto un nuevo sentido, una profundidad y perspectiva que lo redimensiona sin restarle fuerza. Además un libro ilustrado es algo especial, diferente, único.

V: ¿Prefieres escribir cuentos largos como las series? ¿Por qué (sí o no)?
A: Me gusta escribir de todo. En particular una idea de serie, de ir desarrollando poco a poco un personaje o una historia hace que con el tiempo vaya creciendo y surgiendo más matices y detalles que por un lado interesan más a quien lo lee y a mí como escritor me abre muchas posibilidades.

V: ¿Tienes una idea de la trayectoria de tus series antes de escribirlas?
A: Sí; soy un poco maniático con eso; suelo estructurar la historia, definir el argumento y los personajes, afinar las tramas. Una historia se transmite mejor si se trabaja a conciencia.

V: ¿Había momentos en que no querías continuar una serie?
A: Siempre hay momentos de más o menos inspiración, aunque con el paso de los años uno se acostumbra a tener disciplina y cuando a veces no hay ganas, con el trabajo ese interés surge.

V: ¿Cómo evoluciona tu estilo de escribir, en tu opinión?
A: En dos sentidos; por un lado intento tener voluntad de estilo, definir mi voz literaria cada vez más, y por otro, me influyen los libros que me gustan. Hay tanto que leer, ver y escuchar… Estamos en un mundo apasionante.

V: Empezaste como escritor de fanzines, ¿qué te movió a crear esta revista?
A: La revista la creé junto a Daniel Garralón, dibujante y diseñador gráfico. Desde un principio, nuestra intención fue generar un espacio de creación compartido, abierto y multidisciplinar. En cuanto a la motivación para crearla, se basa en dos ideas: por un lado, generar un canal donde se puede publicar de modo directo y por otro el placer mismo de editar una revista.

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V: ¿Hay otras revistas que te influyeron cuando pensaste en crear Mitad Doble?
A: Muchas y muy variadas. Desde fanzines musicales y literarios underground a grandes transatlánticos como Litoral o Interview.

V: ¿Qué significa esta revista para ti?
A: Un proyecto ilusionante y colectivo, que comparto en esta etapa con Amor de Pablo, Jonatan Santos, Laura Cerezo y muchas personas que colaboran. Subrayo lo de colectivo porque es un aprendizaje continuo: el contacto con los demás enseña mucho. Incluso cuando hay conflictos o pareceres distintos, en las discusiones, o los obstáculos, que los hay, y muchos.

V: ¿Cómo ha evolucionado Mitad Doble desde su comienzo?
A: De forma progresiva y con lentitud; somos una asociación, no una empresa, y eso imprime un sello de frescura pero también de pocos medios, de robarte tiempo. Pero no pasa nada, ya son diez años y casi veinte números, con más de cien personas que han pasado por las páginas de la revista. Merece la pena el esfuerzo.

V: ¿Anticipaste el éxito que tiene Mitad Doble en la actualidad?
A: Mitad Doble no busca el éxito en un sentido convencional; para nosotros, tener éxito es publicar el número que tenemos entre manos; ni tenemos ni queremos más presión que esa. Desde ese punto de vista, más que el éxito buscamos una pequeña dosis de felicidad al ver los ejemplares en la caja a punto de ser distribuidos. Luego, hay que pensar en el siguiente número. Pero no nos quejamos: como te decía antes, esa es nuestra filosofía.

V: ¿Qué esperas para el futuro de la revista y para tu futuro literario?
A: Creo que la revista goza de buena salud. Desde el número anterior, se encarga de la edición y coordinación mi compañera Amor de Pablo y yo sigo, por supuesto, en el proyecto, pero de un modo más secundario. Y está bien que sea así, porque una revista para que tenga duración en el tiempo ha de sustentarse en un trabajo en equipo, no solo ser una obsesión personal. Respecto a mi trayectoria literaria, ahora estoy terminando un libro sobre la estructura narrativa, un libro de relatos que estamos escribiendo Jonatan Santos, José Antonio Sau y yo y he empezado un proyecto de cómic con la dibujante Sandra Carmona, Renato Literato. Hay otras cosas pendientes, que ya irán saliendo, espero.

Cabellos sagrados

Ilustración Aintzane Cruceta

Los días que algún profesor enfermaba, nos enviaban a clase para sustituirlo a un hombre mayor al que acogían en el edificio. Se trataba de un gigante de anchos hombros que se movía de una manera extraña, muy despacio, como si la gran masa de su cuerpo se fuera a desmoronar en cualquier momento sobre los pupitres. Llamaba mucho la atención el continuo temblor en su mano derecha –con el paso de los años he supuesto que padecía de párkinson–, que se llevaba regularmente a la boca como queriéndosela limpiar de unos desperdicios inexistentes. Lo mejor de este personaje, al que llamábamos el viejecito Frankenstein, eran las historias que contaba. Nos reíamos de él nada más verlo atravesar el umbral de la puerta, pero cuando comenzaba a hablar sus palabras nos encandilaban de tal modo que se hacía el silencio entre nosotros. Aún me parece estar contemplándolo mientras nos contaba la historia de Sansón. Con su traje oscuro a rayas, aunque el día fuese caluroso, de pie, ante su joven auditorio, Frankenstein se acariciaba el mentón con la mano temblona, mientras la dentadura postiza parecía querer salírsele de la boca con cada una de sus palabras. El momento culminante llegaba cuando Sansón descubría su secreto a su esposa Dalila: “Mi fuerza está en los cabellos”. Entonces elevaba su mano y se acariciaba ceremoniosamente la cabellera blanca con la convicción de un actor que estuviera interpretando al personaje bíblico.

La historia de Sansón y Dalila es una narración perversa, llena de maldad y asesinatos, como muchas del Antiguo Testamento. Frankenstein siempre nos decía, como colofón del relato, que debíamos aprender a desconfiar de las mujeres, objeto de perdición. El hecho de que la mitad femenina del alumnado lo mirara con una mezcla de asombro y vergüenza no parecía refrenarlo, más bien le animaba a redoblar sus ataques contra el sexo impuro. A esas alturas se había formado tal escándalo en la clase que tenía que subir el director a poner orden. Con el tiempo, he reflexionado acerca de esta enseñanza. Me impresionaba mucho que una cabellera otorgara esa fuerza extraordinaria, pero es que Sansón se definía a sí mismo como nazir. Los nazires gozaban de una vinculación especial con el Altísimo. Su cabello, que no debían cortarse nunca, era la señal de su santidad, lo que les unía a Dios. Sansón no era más que otro peón de la eterna intervención de Dios en los asuntos humanos para marear infinitamente a su pueblo elegido. Dalila, por supuesto, quedaba en la misma posición, así como los filisteos, verdugos y víctimas a la vez en una sola página de este libro interminable, que el Creador nunca ha dejado de escribir.

Cuando llegué a la adolescencia me sucedieron dos hechos notables: me enamoré de una chica pelirroja y, previendo lo peor, quise acercarme a Dios apuntándome a una cofradía. Hacía ya años que mis padres me llevaban a ver la popular procesión de mi barrio. Me gustaba la seriedad de los nazarenos dentro de sus trajes. Nunca sonreían, porque estaban haciendo penitencia, y la penitencia era buena para limpiar el alma de malos deseos. Pero esta festividad caía siempre en primavera y no pude evitar rendirme a los encantos de la muchacha, cuyos cabellos olían a cerezas maduras. Una tarde nos besamos y esa noche yo no pude dormir, aterrado por la posibilidad de ir a parar al infierno. Podía escuchar a mi viejo profesor sustituto susurrándome al oído que las pelirrojas son las peores, las enviadas del diablo. Al día siguiente, buscando olvidarme de ella a la desesperada, me presenté a solas ante el Cristo que veneraba mi cofradía. Nunca había ido a contemplarlo en la intimidad, siempre lo había conocido en los esplendores de su trono, entre saetas y veneración popular.

Lo peculiar de este Señor era su cabellera, oscurísima, que no estaba tallada en madera, como era lo habitual. Sus pelos, peinados en largos tirabuzones, eran de origen natural: habían sido donados por una beata del barrio que murió joven y en olor de santidad. Su último deseo había sido que su cuidada cabellera, su única concesión a la vanidad en una vida consagrada a las privaciones, siguiera viva en la cabeza de su Cristo amado. Cuando falleció, después de una larga y penosa enfermedad, un afamado equipo médico llevó a cabo el difícil trasplante. La intervención fue un éxito y la fama del Cristo, que ahora lucía impresionante y más vivo que nunca, trascendió fronteras. A su paso cada año en la procesión del barrio, los fieles se arrancaban secciones de cabello y las lanzaban a la imagen como ofrenda. Su oratorio estaba repleto de exvotos de calvos y tiñosos de todo el mundo a los que les había vuelto a salir vigorosamente el pelo gracias a su intercesión. Como prueba del milagro, enviaban mechones de su nueva y vigorosa melena para ser exhibidos en el altar junto a su Cristo. En cualquier caso, mirándola de cerca, la santa faz me pareció algo apagada, como si la talla estuviera cansada de tanta velluda veneración y solo anhelara un poco de sosiego. Le pedí con vehemencia que mis pasiones se dirigieran a él en exclusiva a partir de ese momento. A cambio, yo prometí consagrar todo mi tiempo libre a la cofradía. Aquello no funcionó: mis tormentosos amores con la pelirroja siguieron su curso, en un continuo tira y afloja en el que yo volvía continuamente al seno de la santa madre iglesia para enseguida ser tentado de nuevo por los labios ardientes y pecaminosos de aquella muchacha.

Un día Satanás debió inspirarla, porque me pidió una prueba de amor definitivo, algo que conjugara mi amor al Cristo del barrio con mi pasión por ella. Se cortó un mechón de sus hermosos cabellos y me pidió que lo llevara a la capilla. Pero no para colocarlo allí como exvoto, lo cual ya era suficientemente obsceno, sino que me exigió que me quedara de nuevo a solas con la imagen y los mezclara con la milagrosa cabellera de la beata que adornaba la cabeza del Cristo. Ella estaba convencida de que esa acción le otorgaría poderes especiales, como había sucedido con Sansón en su día. Al principio me resistí, pero una amenazante mirada de sus ojos azules me convenció de que no me quedaba otra alternativa que obedecerla.

No esperé demasiado para cumplir los deseos de mi dama. Me acerqué a la capilla con manos temblonas, como si estuvieran poseídas por el espíritu de Frankenstein. El Cristo seguía allí, con la mirada indiferente de siempre. Quizá no le importara lucir unas mechas en la siguiente salida procesional, quizá la acción que estaba a punto de emprender no resultara tan pecaminosa. Lo que sucedió a continuación aún me sigue avergonzando y la escena todavía se me representa ocasionalmente en pesadillas: me moví con tanto ímpetu, por acabar cuanto antes, que tropecé con el escalón de acceso a la capilla y me precipité sin remedio sobre la sagrada talla, provocando un estruendo impresionante. El sacerdote y los fieles que entraron a continuación me encontraron abrazado al Cristo, entre una lluvia de pelos de un intenso color carmesí.

A partir de ese momento, para mi eterna deshonra, en la parroquia comenzó un tiempo de tribulación. La talla tuvo que ser enviada de nuevo urgentemente al hospital, y se informó en un escueto comunicado que había sufrido diversas heridas de pronóstico reservado. En cuanto a mí, renuncié a mi derecho a un proceso canónico y acepté mi expulsión de la cofradía a través de una ceremonia infamante en presencia de toda la congregación, en la que se me cortó hasta el último de mis cabellos para ser sometidos a la hoguera. Nunca han vuelto a crecerme.

A mi amiga pelirroja jamás volví a verla. Desapareció con las últimas lluvias del otoño.

Miguel Ángel Jiménez Guerra

(Nota: Este texto es la versión íntegra del relato publicado en el número 15 de la revista Mitad Doble. Texto de Miguel Ángel Jiménez Guerra, ilustración de Aintzane Cruceta).